Restauración de la Sala

La presente etapa del Teatro Colón de Buenos Aires consiste en la intervención de la Sala y constituye una de las obras de mayor importancia entre los trabajos emprendidos para recuperar la plenitud funcional, tecnológica y estética de uno de los principales monumentos arquitectónicos de la República Argentina y uno de los más notables teatros de ópera del mundo.

A pocos años de cumplir un siglo de vida, el teatro se encuentra hoy comprometido en su estado general y en condiciones de riesgo por la interacción compleja de una multiplicidad de causas. Pueden mencionarse entre otras, las adversas condiciones del entorno, las exigencias del intenso uso de sus instalaciones, la obsolescencia tecnológica y, en general, una escasa conciencia sobre el valor de los monumentos heredados y la falta de una adecuada política de conservación del recurso físico de valor patrimonial en nuestro país. Se propone revertir integralmente esta situación de degradación e inadecuación material, funcional y estética.

Premisas de la intervención

La obra de restauración conservativa de la Sala del Teatro Colón plantea, sin dudas, un desafío no habitual en nuestro medio, por la significación cultural y el carácter arquitectónico de del los ambientes a tratar.

Además de sus valores propios, el área a intervenir conforma, junto con el Foyer del Teatro, un núcleo funcional armónico, complejo y de gran calidad ambiental. Además, su posición jerárquica en el edificio, la dimensión y escala de estos espacios interiores y el valioso tratamiento de sus superficies y de su ornamentación, obligan a asignarle a las tareas a realizar un requerimiento de profesionalismo excepcional.

Tres factores, por lo dicho, resultan decisivos: la calidad del edificio y su valor histórico, artístico y patrimonial; la importancia de las nuevas necesidades y posibilidades tecnológicas; y, no menos determinante, el estado de conservación actual del edificio.

Dado el tiempo transcurrido desde su inauguración – suficiente como para requerir una restauración conservativa, pero no tan largo como en muchos casos de arquitectura europea o incluso americana-, y dados la riqueza y el detallismo del Colón, a casi un siglo de su primer estreno, es lógica la necesidad de una obra como la proyectada, que, en otro contexto, como el europeo -que conoce muchas ruinas venerablespodría ser juzgada más como un mantenimiento de rutina que como una “restauración”, palabra que también incluye acciones sobre edificios semi-derruidos.

En nuestro caso, felizmente, no existe tal grado de deterioro sino una comprensible pérdida de aspecto o de virtualidad de revestimientos y algunos otros materiales nobles pero sensibles al paso del tiempo.

El Colón, creado por un arquitecto de ideas neo-renacentistas, continuado por un discípulo más audaz y fantasioso y terminado por un prolijo esteta de escuela francesa, tiene tanto un diseño básico como una terminación en detalles siempre refinados y de alta calidad.

Tanto sus formas como sus componentes son los de su tiempo, de larga vida útil pero no eternos. Y los cada vez más exigentes requerimientos tecnológicos de la actividad teatral, más que el envejecimiento, hacen que sus sistemas y maquinarias hayan quedado hoy en gran parte anacrónicos.

Como marco conceptual e introductorio de las especificaciones técnicas correspondientes a los trabajos de recuperación de la Sala del Teatro Colón, se explicitan, a continuación, los lineamientos del proyecto de intervención y los procedimientos metodológicos llevados a cabo.

Antes de determinar criterios de acción, es necesario marcar los grados de libertad para intervenir según el ámbito al que se hace referencia.

A estos efectos, denominamos “zonas blandas” a aquellos espacios donde la arquitectura existente nos permite modificar con libertad las terminaciones y nos permite también generar espacios nuevos o reacondicionados para resolver aspectos técnicos, de incorporación de infraestructura, de nuevos usos, de equipamiento o elementos de consolidación constructiva o estructural. Las intervenciones apuntan a resolver la adecuación técnica y funcional.

Denominamos “zonas duras” a los espacios fuertemente determinados por la ornamentación y el diseño, en los que se recomienda la mínima intervención, considerando las realidades materiales y morfológicas existentes como documento. En estos casos, las actuaciones serán respetuosas y eruditas, y responderán a un riguroso proceso analítico y de interpretación crítica.

En estos ámbitos las decisiones provienen de una profunda reflexión y cualquier modificación por mínima que sea, debe documentarse antes y después de llevarse a cabo.

Entre estos dos casos extremos, existen sectores que denominaremos “flexibles”, donde podemos justificar modificaciones siempre que estas resulten en una mejora en la calidad del espacio y/o mejoren las condiciones de uso, sin detrimento del valor artístico o arquitectónico.